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lunes, 12 de noviembre de 2018

La agresividad de los grafiteros de trenes dispara las alarmas.

DIARI DE TARRAGONA / El pasado domingo a las 3.48 horas de la madrugada un grupo de 34 grafiteros accionó el freno de emergencia de un tren de la línea 4 del metro de Barcelona para hacer pintadas en su exterior. Algunos de los viajeros que iban en el convoy mostraron su rechazo a esta acción, y los grafiteros respondieron arremetiendo contra ellos, con un saldo de tres pasajeros contusionados, entre ellos, una mujer embarazada que fue rociada con pintura de spray en la cara. Debido a este incidente, el servicio de metro de la L-4 se vio interrumpido durante algunos minutos y el tren resultó pintado con grafitis por los dos lados, por lo que se tuvo que ser retirado del servicio.

Ha sido el último incidente protagonizado por grafiteros. «Uno más», se lamenta Antonio Carmona, portavoz de Renfe en Catalunya. Tampoco es el primer caso de en que estos vándalos recurren a la violencia. En la madrugada del 24 de diciembre del año pasado dos vigilantes de seguridad de la estación de Reus fueron agredidos por jóvenes que pretendían dejar su firma en un tren. «Estábamos vigilando los convoyes cuando empezamos a oler a pintura. Nos acercamos a uno de los trenes, mi compañero por un lado y yo, por el otro. Empezamos a hacer ruido para ahuyentar a los grafiteros, pero se encararon con nosotros y nos empezaron a pegar», relataba entonces uno de los vigilantes. «Eran más de una docena de chavales, y nos empezaron a dar patadas por todo el cuerpo. Nos rociaron con spray y, al inhalar el aerosol, nos mareamos, lo que aprovecharon para huir. Mientras lo hacían nos tiraban los botes de pintura. Iban encapuchados y con el rostro cubierto», añadió el hombre. A su compañero «tuvieron que hacerle un TAC por los golpes que recibió en la cabeza». 

Otro incidente, este menos grave pero que ejemplifica a la perfección el modus operandi que se ha impuesto entre los grafiteros en los últimos tiempos, ocurrió en Calafell. Cinco jóvenes detuvieron un tren en marcha accionando el freno de emergencia para pintarrajear el exterior de uno de los vagones. La acción duró apenas unos segundos, pero muchos viajeros que iban en el vagón de los infractores tuvieron que abandonarlo deprisa porque el spray hizo irrespirable el espacio. Además, el incidente originó un considerable retraso del tren.

Aumentan los ataques
«Lo grave –dice Carmona– es que no se trata, ni mucho menos, de casos aislados». Estos jóvenes que ven en los trenes lienzos donde estampar su firma protagonizan más de un ataque al día, si bien se concentran sobre todo en los fines de semana. «En Tarragona las zonas más conflictivas coinciden con aquellas en las que se estacionan los trenes, sobre todo Reus y Sant Vicenç de Calders, Móra la Nova, La Plana Picamoixons, Tarragona y Tortosa».
Carmona advierte de que los grupos de grafiteros han crecido en número de integrantes, al tiempo que han incrementado la frecuencia con la que actúan y, «sobre todo, han aumentado los niveles de agresividad y violencia, con coacciones, amenazas y agresiones tanto al personal de la empresa y a los vigilantes como a los propios viajeros». 
Un vigilante que pide mantenerse en el anonimato confirma esta apreciación: «Las imágenes de las cámaras de seguridad los muestran encapuchados y en algunos casos con barras de hierro en la mano. Tampoco les tiembla el pulso si tienen que echar mano de las piedras que hay en las vías o descargar los extintores en los andenes contra nosotros o contra cualquier viajero que les recrimine su acción».

Una actividad que siempre es ilegal
A diferencia de los murales realizados en la vía pública, a veces tratados como una variante de arte urbano, el grafiti ferroviario es siempre ilegal, pues para realizarlo se debe cometer una intrusión en zonas sensibles de la operación, acción que viola las leyes de seguridad ferroviaria y los reglamentos de viajeros.

Un combate complicado
Ante estos actos vandálicos, el protocolo interno de la empresa indica que el maquinista debe llamar al puesto central de mando, que a su vez se pone en contacto con los Mossos d’Esquadra. «Lo que pasa es que es muy complicado que los detengan. Las acciones se desarrollan de una forma muy rápida y muchas veces cuando llegan los agentes los autores ya han huido. Son jóvenes con mucha agilidad para saltar y correr y además actúan con las caras tapadas. Es muy difícil cogerles in fraganti e incluso dar con ellos después de la acción», asegura Carmona, que añade que «los grafiteros actúan a sus anchas a pesar del notable esfuerzo que hemos hecho por incrementar el personal de seguridad».
En este sentido, el portavoz de Renfe asegura que, «aunque la competencia de seguridad ciudadana no corresponde a la compañía, la empresa invierte en este apartado 10 millones de euros al año en Catalunya, en un departamento donde 550 personas trabajan por la seguridad de nuestros clientes y equipamientos». Pero a renglón seguido confiesa que «la solución no es contratar más seguridad privada ni poner un policía en cada coche; eso es inasumible. Como dijo el exconseller Joaquim Nadal, la seguridad infinita no existe, y si existiera no podríamos pagarla».

Por eso, él aboga por «endurecer las penas para que los ataques de las bandas de grafiteros reciban el tratamiento de delito». Actualmente son consideradas una falta de daños, de deslucimiento, sin más repercusiones penales. 
En todo caso, el portavoz de Renfe en Catalunya es partidario de «incidir en la educación y concienciar a todos de que estos ataque a bienes públicos nos afectan a todos. No podemos ver como algo normal que un adolescente pinte un tren, o un banco, o la persiana de un comercio, o la puerta de un colegio...».

«Las cámaras de seguridad les han captado encapuchados y con barras de hierro»

Daños millonarios
Los daños que generan estos incívicos son cuantiosos, pues la limpieza de cada vagón cuesta entre 3.000 y 4.000 euros. Sólo en Catalunya –los datos no están segmentados por provincias– Renfe gastó el año pasado 4,5 millones de euros para limpiar más de 57.000 metros cuadrados de grafitis sobre los trenes de Cercanías. Y es que no sólo se trata de limpiar las pintadas, sino también del repintado de los trenes, así como los gastos derivados de los destrozos en puertas y vallas que producen para acceder a las instalaciones. Y es que, tal como advierte el último informe del Observatorio de Civismo en el Transporte Ferroviario, los grafiteros «muestran un elevado grado de planificación y organización: suelen realizar acciones preparatorias en las que roban planos, emisoras, uniformes o llaves, inutilizan sistemas de seguridad y destrozan puertas y rejas para tener más fácil la entrada a zonas protegidas como las cocheras».
Y, sin embargo, pese a la importancia de estas cifras, no sólo se trata de dinero: «Las consecuencias también hay que medirlas en términos de costes sociales por el tiempo perdido por las interrupciones de la circulación de los trenes, que han hecho que en los primeros seis meses de este año más de un millón de usuarios en Catalunya hayan sufrido retrasos por la acción de los grafiteros».
«Tan grave es la cuestión –añade Carmona– que el vandalismo grafitero es hoy el principal problema de seguridad para los operadores ferroviarios en España».

Por su parte, el vigilante lamenta la impunidad con la que actúan. «Se creen con el derecho de pintar los convoyes porque saben que incluso si los atrapan no les harán nada. Y nosotros estamos indefensos, no sabemos qué hacer. Pintan los trenes, nos amenazan, nos pegan y no les pasa nada. Hasta que ocurra algo grave y luego nos lamentaremos todos», concluye con un gesto de tristeza no exento de preocupación.

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